La caché es el mecanismo que guarda temporalmente los datos ya obtenidos para poder recuperarlos a toda velocidad la próxima vez que hagan falta. Es la misma idea que sacar del estante el libro de texto que más usas y dejarlo encima del escritorio: abrirlo desde ahí es mucho más rápido que ir a buscarlo cada vez.
La caché del navegador es la más cotidiana. Al visitar un sitio web por primera vez, las imágenes, el CSS y otros archivos quedan guardados en el navegador; en la siguiente visita se reutilizan esos archivos y la página aparece antes. Que tus sitios habituales carguen más deprisa a partir de la 2.ª visita es mérito de la caché del navegador.
La caché DNS también es importante. Cuando el navegador convierte un nombre de dominio (por ejemplo, google.com) en una dirección IP, guarda en caché el resultado de la consulta; en el siguiente acceso al mismo dominio, obtiene la IP directamente de la caché sin preguntar al servidor DNS, y la conexión se agiliza.
La caché tiene fecha de caducidad: un ajuste llamado TTL (Time To Live) determina cuánto tiempo se conserva. Cuando el plazo expira, la caché se descarta y en el siguiente acceso se piden al servidor los datos más recientes.
La relación entre la caché y las URLs cortas tampoco es menor. Si el navegador guarda en caché una redirección 301, a partir de entonces salta directamente al destino sin pasar por el servidor del acortador. Para el usuario es más rápido, pero tiene una contrapartida para el servicio: deja de poder contar esos clics con exactitud.
A veces la caché impide ver las novedades de un sitio recién actualizado. En ese caso se puede recargar la página ignorando la caché con Ctrl + F5 (Cmd + Shift + R en Mac).