La contraseña es una cadena secreta que solo tú conoces, la "consigna" que autoriza el acceso a tu cuenta. Se parece a la llave de casa: igual que sin la llave no entras en casa, sin la contraseña correcta no puedes iniciar sesión en la cuenta.
Para crear una contraseña fuerte hay varias claves. Para empezar, se recomienda una longitud de 12 caracteres o más: las directrices de 2024 del NIST (el instituto nacional de estándares y tecnología de EE.UU.) consideran la longitud el factor más importante. Combina mayúsculas, minúsculas, números y símbolos, y evita las palabras que aparecen en el diccionario o los datos fáciles de adivinar, como las fechas de nacimiento. Las sustituciones perezosas del estilo de "p@ssw0rd" tampoco engañan a ningún atacante.
Reutilizar contraseñas es el hábito más peligroso de todos. Si la contraseña se filtra desde un solo servicio, todos los demás donde uses la misma quedan expuestos de golpe: es el ataque llamado "credential stuffing" o relleno de credenciales. La medida realista es fijar una contraseña distinta para cada servicio y administrarlas todas con un gestor de contraseñas.
Activar la verificación en dos pasos (2FA) multiplica la seguridad: además de la contraseña, hay que introducir un código de confirmación que llega al móvil o el número que genera una app de autenticación. Aunque la contraseña se filtre, sin el móvil no se puede iniciar sesión, y el acceso indebido queda cortado. Según los datos publicados por Google, activar el 2FA es muy eficaz para evitar los intentos automatizados de secuestro de cuenta.
También hay servicios de URLs cortas que ofrecen protección con contraseña. Una URL corta con contraseña no puede abrirla cualquiera que conozca el enlace, sino solo quien además sepa la contraseña, algo muy práctico para compartir contenido de difusión limitada.