La latencia de redirección es el tiempo que transcurre desde que un usuario accede a una URL acortada hasta que comienza a cargarse la página de destino. Este retardo influye directamente en la experiencia del usuario: según datos de Google, cada 100 milisegundos adicionales de carga reducen la tasa de conversión aproximadamente un 1 %.
La latencia total es la suma de varias etapas: resolución DNS (traducción del dominio de la URL acortada a una dirección IP, entre 20 y 120 ms), conexión TCP (establecimiento de la conexión con el servidor, entre 10 y 50 ms), handshake TLS (negociación del cifrado HTTPS, entre 30 y 100 ms), procesamiento del servidor (consulta a la base de datos para obtener el destino, entre 1 y 50 ms) y envío de la respuesta (devolución del código 301/302, entre 5 y 20 ms). En total, lo habitual es un rango de 70 a 340 ms.
Los principales servicios de acortamiento optimizan esta latencia hasta los 50-100 ms gracias al uso de CDN y caché. Si se construye un servicio propio, emplear una caché en memoria como Redis permite reducir el tiempo de procesamiento del servidor a menos de 1 ms.
Las cadenas de redirección (múltiples saltos) multiplican la latencia. Si una URL acortada redirige a otra URL acortada que a su vez redirige al destino final, el retardo se duplica. Google recomienda evitar las cadenas de redirección, y desde el punto de vista del SEO también es preferible una redirección directa.
Para medir la latencia de redirección se pueden utilizar la opción -w de curl (que muestra el tiempo de cada fase), la pestaña Network de Chrome DevTools (con el detalle de tiempos de la redirección) o herramientas externas como WebPageTest. Puedes encontrar libros relacionados en Amazon.