Un tatuaje grabado en el cuerpo no se borra en toda la vida. La URL grabada en ese tatuaje, en cambio, puede morir en unos pocos años. El tatuaje de URL es el punto exacto donde chocan 2 naturalezas radicalmente contradictorias: la fugacidad de la información digital y la permanencia de la tinta.
En la primera mitad de la década de 2010, los tatuajes de códigos QR vivieron una moda pasajera: la gente se grababa un QR en el brazo o en la nuca para que, al escanearlo, se abriera su página web o su perfil en las redes sociales. La moda escondía un problema letal: la lectura de un código QR depende del estado de la superficie donde está impreso, y la piel cambia con el tiempo, la tinta se expande y los puntos del código pierden nitidez. A los pocos años proliferaron los tatuajes QR que ningún lector conseguía descifrar. Y todavía más grave es el caso en que muere la propia URL a la que apunta el código: si caduca el dominio de la web personal o se elimina la cuenta de la red social, el QR grabado en el cuerpo se queda en un dibujo que no lleva a ninguna parte.
Tampoco escasean los arrepentimientos por tatuarse la URL de una empresa o de una campaña. En 2012, un estadounidense se tatuó en la cara la URL de la campaña de "Romney / Ryan", los entonces candidatos presidenciales. Tras las elecciones, el sitio de la campaña cerró y en su cara quedó una URL sin ningún sentido; según se contó más tarde, se sometió a cirugía para retirar el tatuaje, sin conseguir borrarlo del todo.
Hay quien busca fórmulas más astutas. Si el tatuaje lleva la URL de un dominio de tu propiedad, el destino del enlace se puede cambiar cuando haga falta: la estrategia consiste en grabarse un dominio personal corto, del estilo de `john.me`, y modificar la redirección a voluntad. Mientras se siga pagando la renovación del dominio, la URL del tatuaje funcionará eternamente. Ahora bien, si un día se olvida la renovación, un tercero puede hacerse con el dominio y, de pronto, el tatuaje apuntará a una web completamente ajena.
El problema de los tatuajes de URL plantea una pregunta más honda. La información digital es efímera por naturaleza: las webs cierran, los dominios caducan, los servicios se apagan. El tatuaje, salvo que se elimine, es para siempre. Esa contradicción simboliza hasta qué punto dependemos de la información digital y lo frágil que es el suelo sobre el que se sostiene esa dependencia. Antes de tatuarse una URL, conviene pensar despacio si ese enlace seguirá vivo dentro de 10 años.